lunes, 5 de marzo de 2007

Como “ser ilustrado y valiente” y no morir en el intento

¿Educarse no tiene precio?

Por Diego Sebastián Maga

El Jefe de los Orientales nunca imaginó que su histórica frase (santo y seña pronunciado en ocasión de la fundación de la primera biblioteca nacional), “Sean los Orientales tan ilustrados como valientes”, con los siglos iría expandiendo sus lecturas y significados. Actualmente, 191 años después, perfectamente puede interpretarse que un estado es consecuencia de otro: la “ilustración” exige “valentía”... y en múltiples sentidos. Primero, el coraje para abandonar el adictivo tiempo de ocio (la forma más entretenida de no hacer nada) en caso de ser niño o adolescente (salir de esa preciosa rutina de vacaciones implica librar una verdadera “batalla” contra la voluntad). Y segundo, bien podemos incluir en esta cruzada valiente (a otra escala, por supuesto) a los padres: basta con pisar por estos días una librería o supermercado para toparse con valerosas tropas de papás sacando pecho... y billetera en una verdadera guerra contra los precios. Que una goma (10 pesitos), que una caja de colores (70 más), que un sacapuntas (otros 30), que una mochila (200 pesos y van...). Fuerza mis valientes! Encima, los nenes se vuelven el “enemigo”: no sirve comprar un cuaderno. Tiene que ser “ese” cuaderno “con el dibujito de...” y ese “dibujito animado” de la tapa termina “dibujando” en la cara de los papás una expresión “desanimada” y convirtiendo al sueldo de febrero en una pobre “caricatura” de lo que fue (“una fantasía animada de ayer y de hoy”): el paquete total al pasar por la caja registradora perfectamente puede ascender a 600 o 700 manguitos.
Como suele suceder, esta historia de aprovisionamiento tiene “vencidos” (los bolsillos en primera instancia y roguemos que la ignorancia en el fin de cursos) y “vencedores” (el piberío que en breve pasa a ser alumnado con todos los chiches nuevos... que esperemos usen).
A la salida de un día de compras escolar la escena se repite: los nenes (y no tan nenes) vuelven a casa con la sonrisa de oreja a oreja y los papás con la depresión de pies a cabeza (esa con la que sacan cuentas, esas cuentas que aprendieron a sacar en la escuela cuando los números eran más inofensivos que ahora pero por alguna misteriosa razón -no tan misteriosa ahora- les producían rechazo). Pero la sabiduría paterna (inspirada en el Padre de la Patria) no tardará en advertir al futuro estudiante: “espero, hijo mío, que los útiles te duren tanto como la paciencia para aguantar a tus propios hijos cuando se tomen venganza... Ah, y que seas “tan ilustrado como valiente” para entenderlos. ¡He dicho!”.